Ladrones de Cobre

Bueno, hoy termina otra semana (laboral). Laboral, porque todavía queda sábado. Digo, para mi, la semana como tal termina sábado y comienza domingo.

Pero disgrego.

No es lo mismo leer en las noticias o escuchar en la radio la rampante ola criminal que nos arropa (o que nos arropó ya…hace tiempo), que vivirlo. Uno se pasa diciendo que se vive con miedo a ser víctima de algún delito, tal y como vemos todos los días en las noticias. Triste es el caso que, ya al ver cómo cada día matan a alguien en alguna avenida, en algún pub, en algún negocio o hasta en su casa, lo vemos como algo normal, como otro caso más. Los periódicos se encargan a diario de exponernos a la triste realidad del crimen; se encargan de alimentar nuestra hambre de noticias de robos, violaciones, matanzas y corrupción.

Recuerdo que en mi casa, cuando era chamaquito, criticamos la obsesión que tenía papi de ponerle una reja y un candado por todos lados. Le decíamos que nuestra casa parecía una prisión. Pensábamos que estaba obsesionado con la seguridad. Al fin y al cabo lo dejábamos porque realmente lo hacía sentir seguro y su encomienda era mantenernos protegidos, pero a veces llegaba el punto en que uno se hastiaba de tener que abrir tanto candado y de tener tanta llave distinta. Él siempre decía que en diez años no se iba a poder vivir en Puerto Rico, que teníamos que recoger nuestros bártulos y largarnos. Ya estaba ese miedo. Ese miedo de que adulteren nuestra paz y que alguún malandro desmoronara nuestra vida “perfecta.”

A mi me ha dado ese miedo. Vivo solo, en una casa enorme de dos pisos. Tiene más habitaciones de las que realmente necesito y más patio del que puedo (o quisiera) mantener. Tiene más problemas de los que me encargo en arreglar y más paredes de las que me interesa pintar.

Pero es mi casa. Es mi hogar.

Es mi rincón de paz. Mi escape del día, mi escape del ruido, del humo y del bullicio del área metropolitana. Mi lugar de silencio.

Ese rinconcito de paz, tranquilidad y silencio se vio alterado el fin de semana pasado. Llegué el sábado a eso de las 7:45 PM y mientras estacionaba el carro me doy cuenta de que había un tubo roto botando agua. De momento pensé que había sigo algún tipo de accidente o que lo rompí con el carro, pero no. Me di cuenta de que alguien había robado el tubo de cobre que conectaba de la línea principal a una pluma que tenía en el patio. No lograron llevarse más porque sólo pudieron llegar hasta la brea que hay en la entrada de casa. Si la brea no hubiera estado ahí, podían llevarse mucho más tubo.

Traté de imaginarme la escena completa. Creo que llegué a ver en el pasto una huellas de carro. O sea, que muy posiblemente los ladrones brincaron el portón, le quitaron el seguro, lo abrieron y metieron un carro para llevarse el tubo.

La rabia y el miedo inundaron mi mente. Esto me estaba pasando a mi, que vivo solo, que no le hago daño a nadie, que soy trabajador y responsable, que lucho por las cosas que tengo, que rindo mis contribuciones.

No pude más que pensar que los que hicieron eso me han estado velando hace algún tiempo.

El tubo estaba botando agua. Por “suerte” los pillos fueron lo suficientemente considerados como para doblar el tubo para que no botara tanta agua (o para que no les molestara mucho al cortarlo…), y cerrar el portón. Al otro día un amigo me ayudó a comprar las piezas necesarias y reparar el tubo. Al menos la única pérdida que tuve fue la pluma porque no llegaron a la línea principal.

Tenía miedo de dormir en mi casa. Tenía miedo de que me estuvieran esperando cuando yo llegara para poder entrar y robarme. Tenía miedo de ser otra fatal estadística más.

Así que, por el resto de la semana lo que hice fue que sólo iba a casa para darle comida a los perros y a los gatos y a recoger la ropa que me pondría al otro dia en el trabajo. Me iba a dormir en casa de un amigo. No quería dormir en mi casa.

Una vez arreglado el tubo y según pasaban los días, me sentía mas tranquilo. Pero robarse aquel pedazo no fue suficiente para esos miserables. Se robaron otro tubo de la otra pluma que tenía en el patio. Esta vez cerraron la llave principal de la casa y se llevaron el tubo que daba de la pluma hasta el piso. No pudieron llevarse más porque el tubo estaba envuelto en cemento y por alguna razón decidieron no pasar el trabajo de romperlo.

De nuevo, mi amigo me ayudó con la reparación del tubo.

Para mi, la parte económica de comprar los materiales para reparar el daño es lo de menos. La parte que realmente me afecta es el que alguien haya entrado a mi casa con la idea de ver qué es lo que yo tengo que ellos se quieran llevar. Me afecta el que estén pendientes a mi ritmo de vida para aprovechar y robarme. Me afecta el pensar que al no poder entrar a la casa, estén esperándome para hacerme daño y entrar a la casa conmigo a la fuerza.

Aunque físicamente no me ha pasado nada, siento miedo de que suceda. Invadieron mi tranquilidad y los tuve cerca. Entraron a mi hogar y me robaron. Seguramente miraron otras cosas que pueden robarse. Detesto sentirme a la merced de unos ladrones miserables.

Hoy día puedo decir que ya no me afecta vivir entre rejas y portones por todos lados, ni tener que abrir y cerrar cinco candados para poder llegar a la sala de mi casa y dormir tranquilo.

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