Amor boricua: Delito Menos Grave

Ella estaba harta de la vida. Las últimas treinta y cinco horas habían sido nefastas.

Había perdido la cuenta de las horas que llevaba encerrada en su habitación, llorando, sin comer y sin bañarse. Su madre le tocaba la puerta de vez en cuando y de cuando en vez, para tratar de convencerla de que se comiera algo, de que saliera al balcón, de que hablara con sus amigas. De que cargara a su hija.

Pero ella sólo lloraba y miraba las piernas que ya no tenía y luego lloraba un poco más. Y pensaba y se arrepentía y sólo recordaba los segundos antes de que el hombre al que pensaba que amaba se le tiró encima con su vehículo, dejándola pillada entre otro vehículo y el suyo y de ahí ya no recordaba nada más hasta despertar días más tarde con la noticia, sedada en alguna camilla de algún hospital con cinco caras que la miraban preocupadas.

Y seguía llorando pensando en lo tonta que se sentía, en lo tonta que había lucido cuando, a los cuatro días de haber despertado de coma, le dijo a las noticias y a los periódicos que aún amaba al estropajo que la dejó sin piernas.

Y lloraba más aún cuando, mientras más pasaban los días, se daba cuenta que ya no podía jugar con su hija, ni llevarla al parque para correr con ella ni tirarse al patio y revolcarse junto con ella.

El novio al que tanto amaba y defendía ni un perdón le dijo. Luego de desbaratarle las piernas, la cogió como pudo y la dejó tirada en un CDT como un animal. Como si con él no fuera la cosa.

La jueza lo encontró culpable de un delito menos grave. Aparentemente, Fiscalía no pudo probar, fuera de toda duda razonable, que el “accidente” fue “a propósito”.

Claro que fue a propósito, pensaba ella.

Y ahora, que el chamaco no la llama, que no la procura, que salió bien del juicio, y salió sonriendo por cierto, que ya no tiene nada que ver con ella, sólo con la nena, ahora es que se da cuenta de que él no la ama tanto como ella lo amó a él.

A la que deben meter presa es a mi. Por pendeja.– pensó, mientras volvía a llorar.

Ahora, sólo le resta ver cómo el tipo se enamora de otra (o de otras) y le hace otro hijo (o unos cuantos hijos), mientras ella,  en las oficinas de ASUME haciendo fila, estará horas luchando por las migajas de la pensión alimenticia que le corresponde al malandro pasarle a la nena, a quien irremediablemente verá crecer  desde en una silla de ruedas.

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