Yo tengo un amigo que me ama

Esta es la primera parte de una serie de entradas sobre mi relación con dios llamada “Dios y yo”.

Mi primera experiencia en una iglesia fue en la Primera Iglesia Bautista de Las Piedras. Yo tendría menos de 5 años, y sólo recuerdo que había música, y que la música me molestaba y yo gritaba y gritaba y gritaba más. Creo que ese día mami no estaba en la iglesa, y yo estaba sólo con papi y posiblemente con mis hermanos. Papi no encontraba manera de consolarme, así que, en medio del servicio, tuvo que llevarme de regreso a mi casa.

No tengo muchos recuerdos de estar en esa iglesia. Sí recuerdo que papi iba algunos fines de semana a pasar la podadora de grama y a hacer otros trabajos, mientras mis hermanos y yo nos colábamos a un terreno aledaño al de la iglesia para jugar y buscar pomarrosas.

Hubo un tiempo que estuvimos sin visitar la iglesia, esa o cualquier otra. Luego de unos años, estando yo un poquito más grande, me entero que el motivo por el cual dejamos de asistir a la Iglesia de Las Piedras fue porque papi tuvo un sueño en el que él se encontraba pasando la podadora en el patio, cuando escucha una voz que le dijo: “Vete, vete, que yo no estoy aquí.”. Él interpretó el sueño como un mensaje divino directamente de Dios y entendió que debía obedecer, que tenía que asistir a un templo donde Dios estuviera.

Siendo una persona supersticiosa/cristiana, demás está decir que sin pensarlo dos veces, literalmente arrancó con sus cosas y jamás volvimos a esa iglesia.

Al poco tiempo comenzamos a visitar la Primera Iglesia Bautista de Gurabo. Es una iglesia muy grande que también cuenta con un colegio. Mis abuelos por parte de madre asistían a esa iglesia, y la familia era muy querida y conocida por mucha gente. Todos los domingos nos levantábamos temprano para ir a la iglesia dominical. Mami nos preparaba un desayuno diferente a mis dos hermanos, a papi y a mí , y le planchaba la ropa a todos también, y la enganchaba en las puertas de cada cuarto.

Mi hermano y yo estábamos juntos en la escuelita dominical, pero mi hermana ya estaba en el grupo de los intermedios. En las clases nos enseñaban coritos, nos enseñaban a hacer oraciones, a veces nos presentaban películas animadas sobre cuentos de la Biblia. Mis papás nos dieron un pequeño Nuevo Testamento, como para irnos acostumbrando a la idea de ir cargando la Biblia con nosotros. Había muchos otros niños también, pero yo , al igual que en la escuela, también pasaba un poco de trabajo para socializar. Mi mamá me intentaba convencer de que la escuelita era tal y como ir a la escuela, pero sólo los domingos y mucho menos tiempo, y por supuesto, para adoctrinarnos en la religión.

Cuando pequeño, siempre tuve temor de la imagen de Jesús, literalmente, y nunca he podido explicar por qué. Recuerdo que era moda tener en los focos de los carros la imagen de Jesús, y yo veía uno de esos y me tenía que tapar los ojos. Era como algo tenebroso para mi, pero nunca le comenté nada a mis padres. Unas tías católicas de mi mamá que vivían en Luquillo tenían las paredes repletas de imágenes de Jesús, vírgenes y santos. Esa casa tenía el mismo efecto en mi que entrar a una casa embrujada. No podía hacer mucho pues era muy pequeño y tenía que quedarme allí hasta que mis padres decidieran irse. Incluso en la iglesia, al ser bautista, parte de lo que predicaba era precisamente no tener imágenes ni figuras de Jesús ni de la virgen María ni de nada, porque se entiende que esto se consideraría  adoración de imágenes. Además, muchas de las imágenes que presenta la iglesia católica es la de Jesús crucificado, lo que la iglesia protestante no ve con buenos ojos, dado que el mensaje que se pretende llevar es uno de victoria y de resurrección, y no uno de muerte y derrota.

En la escuela, la mayoría, si no todos , mis compañeros eran católicos. Por ellos fue que aprendí términos como confirmación, clases de catecismo, monaguillos, etc. Nunca entendí muy bien, y nunca les pregunté, pues ellos hablaban con orgullo sobre eso, pero asumí que las clases de catecismo eran similares a la escuela bíblica que yo tenía que tomar todos los domingos, y que ser  monaguillo era una especie de ujier en miniatura.

En una de las clases que tomé, recuerdo que el tema era sobre dejar a Jesús entrar a nuestro corazón para limpiarlo. Dentro de la capacidad que puede tener un niño, asocié lo de limpiar literalmente con limpiar algo sucio, y no con algo relacionado a maldad o alguna impureza de espíritu. Me imaginé a una imagen caricaturezca de Jesús, más o menos como lo visualizaba con una bata blanca larga, cabello largo, barba, con una escoba en sus manos, dentro de lo que parecía ser una cueva que sería el corazón. Me lo imaginé barriendo, revolcando el polvo mientras movía la escoba de lado a lado incansablemente, y finalmente dándose por vencido diciendo “Esto está muy sucio!!”

Desde pequeños nos hablaban sobre el bautismo. Dentro de lo que creo que yo entendía en ese tiempo, el bautismo era el proceso en el que la persona renunciaba a una vida de pecado y comenzaba a vivir una nueva vida en Cristo. Para hacer esto, al menos en la Iglesia a la que asistía, primero había que aceptar a Jesucristo como único y exclusivo salvador. Estos llamados para aceptar a Jesucristo no ocurrían todos los domingos, sino en cultos especiales, como en Semana Santa por ejemplo. Cuando la persona que estaba dando el mensaje hacía el llamado, los que aceptaban levantaban sus manos y los ujieres se dirigían hacia ellos para orar. Luego, caminaban hacia el púlpito para continuar orando, y para demostrarle al resto de la congregación todos los que habían hecho profesión de fe. Esas personas estarían tomando las clases de bautismo por un tiempo (clases cuyo contenido y duración desconozco al día de hoy), y al terminar, estarían bautizándose en alguna fecha estratégica para la iglesia. El proceso del bautismo consiste en entrar a un pequeño estanque lleno de agua, localizado detrás del púlpito junto con el pastor, vistiendo una bata blanca. El pastor habla unas palabras, hace una oración, y al final recita que “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.” Entonces, sumerge a la persona hacia atrás en el agua, y la saca de vuelta. Este ritual constituye una vida nueva y limpia, un renacer en Cristo tan pronto se sale del agua.

Por más solemne que era esto, siempre encontraba varias lagunas. Qué pasaría si la persona bautizada comete algún pecado luego de esto? Tendrá que pasar por el proceso otra vez? Si peca durante las clases de bautismo, tiene que comenzar desde el principio? El que se bautiza, se considera salvo? Irá al cielo sólo por haberse bautizado? Si estás bautizado, y pecas, sirve de repelente? Se te perdonan automáticamente tus pecados porque ya estás bautizado? Y qué pasa si el que te bautiza peca? Quién lo bautiza a él? Quién se entera si él peca? Se anula el bautismo de uno por alguna especie de fraude? Pero, y no que todos somos pecadores? El que se bautiza, es un pseudo-pecador?

Con todas estas interrogantes sobre el bautismo, a medida que crecíamos, sentía que mis padres nos empujaban precisamente a eso, a bautizarnos. Yo siempre les contestaba que sí, que me bautizaría, pero no ahora. Yo escuchaba las historias de lo que sentían los que hacían profesión de fe. Algunos sentían un viento frío en los pies. Algunos sentían que Jesús los llamaba por su nombre, algunos sentían que algo los tocaba en el hombro, algunos lloraban.

Pero yo nunca sentí nada. Ni el viento frío, ni el susurro de mi nombre, ni la mano en el hombro, mucho menos lloraba. Sólo los miraba a ellos, y me preguntaba si en algún momento yo sentiría lo mismo. Me preguntaba si en algún momento yo sentiría la necesidad de renacer como una “nueva criatura” en Cristo. Pero por qué? De qué tenía yo que salvarme? Qué había hecho yo mal? Qué pecado tan grande había cometido yo como para tener que arrepentirme y ser una nueva criatura? Yo apenas era un pre-adolescente, y mi vida giraba en torno a ir a la escuela, hacer la tarea, y jugar Nintendo.

Pensaba que para hacer profesión de fe, tenía que sentir algo sobrenatural en mí. No quería ponerme de pie y decir que acepto a Jesucristo como salvador cuando realmente no lo sentía, no lo entendía. Quizá era más sencillo hacerlo, y salir de eso. Pasar por el proceso completo hasta el bautismo para complacer a mis padres, para ganar cierta notoriedad en la iglesia, de que soy salvo, que acepté a Cristo, que la salvación ya era mía.

Aleluya, Luis es salvo.

Luis aceptó a Cristo.

Luis ha renacido.

Alabado sea Dios.

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2 pensamientos en “Yo tengo un amigo que me ama

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