Fin de semana

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Un fin de semana normal.

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Bienvenido, 2013

Pensé hacer una retrospección de lo que fue el 2012, pero en el limbo de borradores y posts incompletos sin publicar tengo una del 2010 que nunca terminé así que pensé que sería inútil.

De todos modos, el 2012 fue un año donde no hubo muchas cosas pasando, sin embargo, sí ocurrieron algunas que vale la pena mencionar.

Aunque el trabajo en el que estoy actualmente lo comencé en 2011, realmente siento que debo mencionarlo como del 2012. He tenido la oportunidad de crecer en muchos aspectos y expandir mis horizontes en cuanto a mi profesión se refiere. En este año también comencé la maestría en ciencia de cómputos, con concentración en Manejo y Seguridad de Informática.

De que no sé si fue buena decisión o si es lo que debo hacer para mi futuro, es cierto. Pero lo cierto es que es una decisión que tomé que, buena o mala, es un riesgo que vale la pena tomar siempre y cuando exista la posibilidad de crecimiento personal y profesional, a la vez que amplíe mis posibilidades profesionales.

No pienso hacer una lista de resoluciones de año nuevo. Apenas logro cumplir con un simple y sencillo To Do List como para poder seguir una lista de cosas por todo el año. Lo que sí pienso seguir haciendo es buscar otro trabajo, continuar los estudios, y de paso lograr armonizar los estudios con el trabajo. Quisiera poder comenzar exámenes para una certificación que me interesa tomar (Aunque el tomar los exámenes es obligatorio por el trabajo).

En fin, dentro de lo que puedo controlar, en términos generales, creo que mi única resolución es dedicarme más tiempo a mi. Recibir de mi mismo para beneficio mío.

No voy a negar que en un globo que solté al cielo amarré un pequeño y humilde deseo de que llegue alguien a mi vida con quien compartir noches estrelladas, mantecados de chocolate, películas en Netflix y vueltas sin rumbo y terminar donde nos agarre la noche.

Pero eso es un deseo, y los deseos no se pueden controlar. Lo que sí puedo controlar está en mis manos, y en eso me enfocaré.

Así que, aquí voy, 2013.

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Si las paredes hablaran

Hay un dicho que dice “Si las paredes hablaran…”.

Para muchas personas, la definición de estar solo es estar soltero. No tener a quien amar. Lo sé porque muchas veces me sentí así en mi adolescencia. Me sentía incomprendido, solo, sin nadie que me escuchara o que al menos hablara el mismo lenguaje que yo, en una etapa en la que comenzaba a definir mi posición en la sociedad, la familia, y las amistades. Una posición de joven homosexual.

En ese tiempo las cosas eran muy distintas. Tenía unas cuantas amistades con las que salía al cine, jugaba Playstation, y hasta hablaba por teléfono .Era la época pre-Facebook y pre-MySpace y la gente se comunicaba más allá que con mensajes de texto o de Facebook. Hoy día los mensajes son “Te envíe un inbox a Facebook”.

Pero disgrego.

En diez años pueden ocurrir tantas cosas. De ese joven atemorizado con traumas de identidad, inseguridad y del qué dirán, queda muy poco. Me he dado cuenta de la naturalidad con la que confieso a algunas amistades el hecho de que soy gay. Sin miedo al rechazo, y con la firmeza de un hombre hecho y derecho que sabe de dónde viene y cree saber hacia dónde va. Sin miedo a las críticas.

Pero en el silencio de las cuatro paredes, todo es muy distinto.

Las paredes saben todo. No hay nada que ocultarles. Conocen la historia. Han grabado todas las conversaciones, todas las escenas de la historia que acontece día a día.

Hace una semana estaba recogiendo la mesa del comedor. El reguerete que había encima era insoportable, tanto así que para yo comer sólo quedaba un pequeño espacio en una esquinita. A medida que el reguero me molestaba, yo seguía empujándolo hacia un lado para comer mejor. Llegó el punto de no saber si era yo quien empujaba la basura, o si era la basura la que me estaba empujando a mí.

Entre una cosa y otra, encontraba fotos. Fotos familiares de años atrás. Fotos de mis hermanos y yo cuando bebés. Encontré un expediente que papi guardaba como su vida propia, que contenía recortes de periódico y fotos sobre un incendio en el que murieron quemados 3 hijos y 3 sobrinos. Luego de botar talonarios viejos de mi trabajo anterior, encontré el álbum de bodas de mis padres y me vi tentado a rotar el aparatito que sonaba la musiquita de bodas. Debajo del álbum encontré los certificados de defunción de ellos.

Luego, irremediablemente, con toda esa historia plasmada en retratos y documentos regados sobre la mesa, desplegados frente a mi, lloré.

Lloré mientras tomaba cada  foto con mis manos y me transportaba a mis momentos más felices. Lloré mientras me veía riendo en las fotos, con la inocencia que trae la infancia, la ingenuidad ante la vida. Veía en mi cara la idea inconsciente de que no existía ayer ni mañana y que el día de hoy era el más importante de mi vida. Lloré al ver las fotos de mis padres, de mis hermanos. Lloré al recordarme con mi familia.

Luego lloré más aún cuando vi los certificados de defunción, los recibos de los velorios, las tarjetas de consuelo. Lloré al ver cómo el fin de la historia quedó plasmado en un recibo doblado, guardado en una carpetita de la Funeraria, indicando el saldo de 2 mil y pico de dólares.

Y entonces, parado frente ese reguero de recuerdos, intenté continuar con mi labor de liberar la mesa, cuando me doy cuenta de que la estaba limpiando con el propósito de la cena de Acción de Gracias. Así estaba yo. Llorando los recuerdos, intentando (quizá por tradición y no tanto con el deseo genuino) de dar gracias. Me sentí tan hipócrita.

Tomé cada reguero de recuerdos para poco a poco moverlos al otro cuarto. EL cuarto donde dormía papi. El cuarto donde él pasaba todo el día, y lloraba a mami, y pasaba un sinnúmero de horas en soledad.

Sin preocuparme mucho por lo organizado del cuarto, puse los regueros de la mesa en algún lugar del piso, encima de más regueros y más recuerdos, sequé mis lágrimas y seguí horneando el jamón con el que conmemoraría el Día de Acción de Gracias.

 

La tragedia del palo y el Civic

Como de costumbre, volví a abandonar este blog.  Mi bloqueo es algo que nunca he escondido, pero, aunque parezca increíble, trato de superarlo todos los días, espulgando mi cabeza tratando de encontrar una buena idea digna de sacarle punta para escribir aquí y por lo menos tener alguna bobería nueva para decir.

Pero bueno, si hasta en el periódico leemos una bloggera hablando sobre la pérdida de tiempo que es ver novelas de televisa (aunque haya confesado haber visto unas cuantas que eran “diferentes”), por qué yo no puedo escribir alguna bobería que signifique algo para mi? Y lo mejor es que lo hago gratis! Digo, porque me imagino que a ella le pagan por escribir de sexo y que no le gusta ver novelas.

Anyway. Este letargo tiene justificación (o excusa diferente?) Sí, es verdad, llevo años luchando con este maldito bloqueo, y no lo niego. Pero esta vez es distinto. En serio.

El palo de flamboyán de frente a mi casa se cayó encima de mi carro y me lo esbarató, justamente el día que regresaba a trabajar de mis vacaciones celebrando mis 27 años de vida.

El alboroto fue una cosa seria. La casa tembló. Me desperté con un grito, y por poco vomito el corazón. En unos minutos caí en cuenta que había dejado el carro en el patio y que con ese desastre que escuché afuera milagrosamente yo estaba vivo y el carro había quedado en trizas.

Pero tenía la esperanza de que el palo había caído al ladito del carro. La alarma no estaba sonando, y no escuché el ruido de los cristales romper.  Yo no puedo tener tan mala suerte de que justamente el día que voy a regresar al trabajo el palo se caiga encima de mi carro. No no no y no.

Duré como 40 minutos en la cama, en lo que el corazón me regresaba al pecho, tratando de convencerme de que todo estaba bien. Pero la curiosidad me mataba. Quería ver el carro. Y eso hice. Duré como 3 horas en shock. No es hasta que llamo a mi hermana y le cuento, que se me salieron las lágrimas y me eché a llorar con ella.

Está cabrón! Yo creo que más que haber perdido algo tan caro por lo que pago mensualmente con el fruto de mi esfuerzo trabajando, lo más que me traumatizaba era todo lo que tenía que hacer con el seguro. Todo el tiempo que iba a perder. Y, posiblemente, todo el dinero que tendría que invertir.

Bregar con la aseguradora ha sido una misión (bah, pa que ocultarlo, es Universal. No sirven. De veras.) Me siento bregando con una agencia de gobierno. Te hacen ir tantas veces para entregar y firmar papeles que puedes entregar y firmar en una sola visita. Pero bueno, hay que tragarse esa frustración, tratarlos bien y sonreírles para que no se pongan más hijueputas y te atrasen más el proceso.

Lo que no quiero es seguir pagando mi carro. Que ya no es mío, porque ya legalmente firmé la cesión de derecho para que Unviersal se lo lleve.  Tan pronto el carro quede saldo, iré a los dealers para comprarme uno nuevo. Muy seguramente otro Civic, y si se puede, el modelo de 2012. Con suerte no volverá a caer otro palo encima. Ya no quedan.

Bueno, ya cumplí mi cuota de 500 palabras. Espero poder escribir 500 palabras más pronto. Se siente bien.

Pensé decirme

Caminaba por ahí distraído con lo que tenía que hacer. Calculaba más o menos lo que tenía que decir a algunas personas y lo que haría en el trabajo con algunos asuntos que tenía pendiente. Pensaba en cosas que había hecho mal y en cosas que había hecho bien, y en las cosas que estaban fuera de mi alcance que me daban stress. Pensaba en lo que era, lo que no era, lo que había logrado, en lo que había fracasado y lo que había perdido; también en lo que había ganado.

Fue ahí cuando me detuve, y me vi caminando. Me vi con 10 años menos. Diez años menos y mil ilusiones. Diez años menos y cero preocupaciones. Claro, había preocupaciones que me quitaban el sueño, pero en nada se comparaban con las que tengo que enfrentar ahora. A veces sonreía, a veces lloraba, planificaba, calculaba…me vi con tanto esmero  construyendo un futuro prometedor para mi, con una carrera, una vida económica y amorosa estable. Tanteaba posibilidades.

Yo venía hacia donde mi. Pensé en decirme todo lo que faltaba por ocurrir. Pensé en decirme lo mucho que reiría, lo mucho que lloraría, los corajes que pasaría. Pensé en decirme lo mucho que disfrutaría la carrera que escogería, y advertirme sobre las debilidades que tenía que fortalecer en el camino. Pensé en decirme que valorara lo que tenía mientras durara, que apreciera mis seres amados y que no dejara perder un día sin decirle cuánto los quería. Pensé  decirme que no cometiera ciertos errores, que cuidara mi corazón, que cuidara mi cuerpo. Pensaba decirme tantas cosas que ocurrirían para que estuviera preparado.

Pero me pasé por el lado, y no me reconocí. Creo que he cambiado tanto en este tiempo que ni siquiera supe quien rayos era.

A pesar de que me vi tentado, no me dije nada. Preferí dejar que me equivocara, prefería dejar que siguiera riendo sin preocuparme en lo que ocurriría y vivir el día a día, disfrutando cada momento como uno nuevo sin sentir que estaba advertido, sin la presión de que ya sabía el resultado de las cosas, y las sorpresas que tenía que enfrentar. Sería como aprender sin vivir y sin experimentar, como si todo estuviera escrito.

Me vi pasarme por el lado y me quedé mirándome. Vi como caminaba sin preocupaciones, sin cuidado alguno, casi a lo loco, despreocupado. Vi que, en una de esas pisadas,  tropecé,  me caí al suelo en un camino que ya yo conocía, y me vi tentado en ir a ayudarme, pero me contuve. Si tan solo supiera lo que sé ahora! Cuántas cosas hubiera dejado de hacer, cuántas cosas hubiera hecho! Preferí dejar que  aprendiera. Vi con orgullo cómo pude levantarme con más fuerzas.

Preferí dejar que cometiera los mismos errores para que aprendiera a levantarme. Preferí dejar que todo ocurriera tal y como ocurrió, porque de lo contrario, no estuviera aquí de frente viéndome. Fuera otra persona. Otro Yo. Y quiero seguir siendo quien soy.

Sonreí, mientras yo me secaba las lágrimas al levantarme, satisfecho de todas las caídas y de los nuevos bríos que encontraba cuando me levantaba.

***

Dejé que ese yo continuara viviendo, sin decirle nada, y continué caminando. Me distraje tanto mirando hacia atrás, que tropecé y caí al suelo. Alguien con rostro familiar,  caminó por mi lado sonriendo. Pero no me dijo nada.