Recuerdos

Dicen que recordar es vivir. Parece como si la mitad de nuestros días estuviéramos recordando momentos felices; como si esos momentos fueran estrellas fugaces. Fracciones de segundos en un día. Fracciones de momentos que perdimos si no los supimos aprovechar, apreciar.

El viejo viudo encerrado en su cuarto pensando en el día que se casó con su amor. EL niño solo añorando los cariños de su madre. La madre soltera llorando en la sala de su casa. El joven enamorado y perdido inmerso en las fotos de las aventuras con quien alguna vez fue su cómplice.

Recuerdos y más recuerdos.

Qué bonito es saber que se es capaz de vivir momentos tan intensos. Momentos que valen tanto. Qué bonito es mirar hacia atrás y revivir esos momentos fugaces, momentos que parecen sueños. Momentos que sacan una sonrisa por lo hermosos que fueron, y a la vez nos sacan una lágrima porque terminaron.

No nos queda más que el premio de consolación. El que se es simplemente eso. Un lindo recuerdo. Un “espacio” en el corazón de alguien. No nos queda más remedio que cerrar el baúl de recuerdos y salir del claustro del pasado y crear momentos nuevos.

Si son tan fugaces, si son tan cortos, tan intensos, tan hermosos, debemos crear más de ellos, y mejores, pero no para recordarlos sino para vivirlos mientras ocurren y hacerlos nuestros.

Recordar es vivir, dicen. Claro, si vivimos en los recuerdos; vivimos recordando.

Precaución: Alcohol + Despecho!

Recientemente pasé por una situación amorosa de la cual prefiero omitir detalles en este blog. Reconozco que aún no lo he podido superar; siento que no tengo las herramientas para hacerlo. Al sumarle a eso las recientes pérdidas de mis padres y otros golpes emocionales fuertes relacionados al amor, siento que ya es demasiado. Es too much. Son muchos los consejos que escucho para distraerme. Desde hacer las cosas que me gustan, como los juegos de video, leer un libro, escuchar música, jardinería, fotografía, hasta ir a dar una vuelta por ahí aunque sea solo. He intentado despejarme la mente y el alma en uno de estos pasatiempos, sin embargo, ninguno logra satisfacer mi deseo de sentirme refugiado, pleno, y en paz conmigo.

Sólamente he logrado despejarme en el peligroso refugio del alcohol. Aunque llevo poco tiempo siendo tentado por sus garras de  despejo temporero, ya le tengo miedo.

Y es que, estando sobrio, siento coraje, siento despecho y rabia por esa persona, pero a la vez, siento amor y sobre todo mucho respeto. Todo ese coraje puedo controlarlo y canalizarlo de otras formas. Estando cuerdo creo que soy bastante prudente con lo que expreso, pero under the influence del alcohol, siento que toda esa rabia y todo ese despecho salen por mi boca como sapos y culebras; como un veneno despiadado. Pierdo todo control, toda inhibición, y todo lo que estando sobrio puedo controlar y que por prudencia y respeto no digo, borracho lo digo sin pensar en las consecuencias, en lo hiriente que puedo ser para él y sobre todo, para mí. Detesto sentirme arrepentido, detesto este feeling de que hice o dije algo que no debí. Detesto ese feeling de que perdí el control y que pude haber herido a alguien a quien estimo (y amo) mucho.

No importa cuan arrepentido esté, no importa el efecto del alcohol en mi, el responsable de todo lo que digo y todo lo que hago soy yo. La culpa es mía, desde el momento en que decidí llevarme la botella a la boca.

Todo acto tiene su consecuencia; es cuestión de balance. Las cosas que dije no se pueden “des-decir” y las que hice no se pueden deshacer. Con arrepentirme, poco logro; el daño está hecho. Sólo espero poder vivir con las consecuencias de mis actos y más importante aún, poder levantarme y aprender de todos mis errores.

El adiós que no se escucha

Cuando amamos a alguien nunca queremos ni siquiera pensar en la idea de que, por desgracia, en algún momento, esa persona ya no estará con nostros. Nos han malacostumbrado con ese cuento de hadas de que “…vivieron felices para siempre.” Nos lo hemos creido tanto, que cuando se nos va, no podemos creerlo, no queremos aceprarlo, no sabemos vivir con esa realidad.
 
Cuando se nos muere un ser querido, un ser con quien vivíamos día a día, el golpe es tan fuerte…pero las circunstancias nos obligan a aceptar poco a poco que ya esa persona no está con nostros. Que no la volveremos a ver jamás, y que sólo nos queda vivir con su recuerdo. El día que enterramos a ese ser querido en el cementerio es la última vez que lo veremos físicamente. Cuando nos alejamos del panteoón sentimos que nos estamos marchando para nunca volver a vernos. Se grita un adiós que no escucha. Se lloran lágrimas que nunca verá. Nos alejamos de su cuerpo, y no nos ve partir
 
Cuando perdemos a alguien que amamos, pero no por muerte, sino porque ya simplemente se terminó la relación, somos capaces de aceptar la pérdida de la misma forma? AL saber que la persona sigue ahí, guardamos la esperanza de que todo volverá a ser como antes, de que aún guarda un sentimiento por uno, de que aún nos necesitan, y nos quieren… pero no, tal y como ocurre cuando alguien muere, aunque la persona siga viva, ya no estará ahí, aunque físicamente lo esté.
 
Decimos adiós, y nos escucha. Ve y siente nuestras lágrimas. Nos abrazan, nos alejamos y nos ven partir. Con dolor en el alma, hay que decir adiós.
 
Quien sabe si cuando caminemos cabizbajos por la vida nos encontremos con alguien que nos levante la mirada, nos haga volver a creer, a ilusionarnos, a vivir, para luego, cuando se diga que “…vivieron felices para siempre.” volver a caer en la realidad de que el amor eterno sólo dura unos cuantos meses y que realmente el final del cuento de hadas es solamente el principio del final del que nadie quiere hablar.
 
Nos toca a nostros enterrarlo. Guardarlo en el baúl de recuerdos para siempre. Vivir aceptando que ya terminó, que no volverá jamás, que lo perdimos. Tenemos que aguantarnos cuando lo vemos pasar con otra persona, que es feliz con esa persona, que ya no nos necesitan. Que las maripositas ya no las sienten por uno, que su sonrisa no se la provoca uno, que la luz de sus ojos no es uno. 
 
Es ahí que nos tenemos que alejar. Es ahí que tenemos que enterrarlos. Decir un adiós que no escuche, llorar lágrimas que no vea, y alejarnos sin que nos vea partir.