El cuento que nunca conté

Había escrito un sinnúmero de ensayos y cuentos cortos, Cuentos sobre imágenes de vírgenes en cáscaras de mangó, ángeles protectores, fantasmas, dragones, sueños… Tenía hasta una columna en el periíodico de la escuela en la que llegé a discutir temas como el amor, apariencias, la navidad… Tenía Dos novelas terminadas y una comenzada..

Mientras, comenzaba a experimentar la realidad de la vida. Comenzaba a conocer sobre la gente inescrupulosa y oportunista. Los malabares de unos cuantos y las injusticias de otros. Mientras, comenzaba a experimentar mi realidad. Comenzaba a determinar mi posición, mi identidad, mi ser. Estaba creciendo, estudiando, conociendo el mundo. Riendo y llorando.

Un día decido que era tiempo de escribir sobre mi. Lo único que tenía en la cabeza eran ideas sobre cómo hacer un relato que tuviera que ver con lo que había sido mi vida hasta el momento. Una parte de mi quería contar todo lo bueno y todo lo malo que había pasado, a pesar de que sabía que era un cuento que no terminaría porque a su vez, estaba construyendo uno nuevo.

Tenía 19 años. Había comenzado a escribir un cuento sobre mí. El nombre del título fluyó naturalmente, “El cuento que nunca conté”. Había escrito sobre apariciones, fantasmas,dragones, experimentos, había creado personajes, pero no había escrito nada sobre mi. Esta parecía ser una buena oportunidad para hacerlo.

Llegué a escribir como 5 páginas. Comencé a escribir relatos que recuerdo desde que tengo uso de razón. Desde las clases que me daban las maestras de kinder, los juegos inocentes con mis compañeros de clase en la escuela elemental, comentarios indiscretos que hacían amigos y familiares sin pensar lo que significarían, hasta mis primeras experiencias en el amor, desde la ingenua perspectiva de un adolescente sin experiencia tratando de vivir la vida en fast forward.

Pero era muy doloroso tener que recordar todo eso. Se me hacía tan difícil tener que remontarme a esos momentos y tener que llorar esas lágrimas otra vez.

Dejé el cuento en el mismo párrafo. Pasaban meses, años, intentando nuevamente sentarme frente a ese relato y retomarlo donde lo dejé. Cada vez tenía que cambiar la edad que yo tenía. Pero no podía escribir nada. Pasaban años y años y mi frustración de “writer’s block” era cada vez peor, al punto que pensé que jamás volvería a escribir. Me dominaba por completo la pantalla en blanco del monitor.

Me decían que escribiera sobre no poder escribir, si era lo que estaba pasando por mi cabeza. Lo intenté, pero nada estimulaba mi creatividad. Trataba de escribir sobre otras cosas, pero nada. Al final siempre terminaba en el mismo cuento que nunca conté.

Estaba totalmente bloqueado. O al menos eso pensaba.

No es hasta hoy con 26 años que me doy cuenta que el bloqueo era una excusa.

Yo no quería escribir.

Una parte dominante dentro de mi intentó con éxito suprimir ese deseo de contar esa rastra de cosas pasadas para evitar llorar de nuevo esas lágrimas que había dejado atrás hace mucho tiempo.

Así que, seleccioné el texto que había escrito y presioné la tecla Delete, pero dejé las páginas en blanco. Al final, sólo escribí:

El principio”

no con el motivo de hacer que el cuento se lea al revés, sino que el final de ese cuento era el principio de uno nuevo que quizá sí valdrá la pena contar. Quién sabe si en algún futuro cercano o lejano esté listo para contar el cuento que nunca conté. Lo que sí sé es que, por ahora, no tengo intenciones de contarlo y pienso seguir viendo esas páginas vacías, quizá con algo de verguenza por algunas cosas que he hecho, pero sin duda alguna orgulloso de la persona que soy hoy.

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