I. Bienvenido

Dejó su auto estacionado afuera. Había unos diez más; algunos mal estacionados, entre viejos y no tan viejos. El más viejo tenía una goma vacía y estaba mohoso. Los cristales es  taban verdes de limo y no se podía ver hacia dentro. Los menos viejos parecían llevar unos dos años de haberse estacionado allí. El limo en los cristales era casi igual de fuerte que en los demás.

Algo en el ambiente le daba el feeling que habían más personas con él. Pero no se escuchaba nadie, ni se veía nadie. El viento no soplaba, las hojas habían dejado de caer. El pasto no era verde; era mustio, casi marrón, pero no estaba seco. El sol tampoco brillaba. Las nubes y la bruma lo escondieron en su totalidad. No había sol, pero era de día. No hacía ni frío ni hacía calor.

El camino había sido muy largo. Decidió detenerse y lavar su cara en un baño. Quería probar si el reflexionar por un momento lo haría reevaluar su decisión de ir a Cerro Alto. Aunque estaba seguro de que nada lo haría cambiar de opinión, de que su determinación era final y firme, pensaba que algo podía convencerlo de que estaba equivocado. Aún así, su mente estaba centrada en una sola cosa.

Estaba mirándose en uno de los espejos del baño abandonado. Olvidó que entró para mojarse la cara, y sólo permaneció por varios pares de minutos frente a su imagen.

Mientras se miraba, se preguntaba si realmente tenía sentido lo que estaba haciendo.

“Los muertos no escriben cartas.” Pensó. “¿Qué carajo estoy haciendo?”

El ruido de la puerta del baño azotada por el viento interrumpió lo que pensaba. Intentó abrir la pluma para mojarse la cara, pero lo único que salio fue aire.

Fue a su carro nuevamente para buscar la postal escrita a mano por su esposa.

En este sueño interminable en el que me encuentro, sólo somos tú y yo. Me haces mucha falta. Sé que yo también te hago falta. Podemos estar juntos otra vez, por siempre, y hacer de este sueño nuestra realidad… Estoy en Cerro Alto, esperándote.

Leyó la nota tres veces más tratando de asegurarse de que no estaba loco. Dobló la tarjeta por la misma división que ya tenía, y la guardó en su bolsillo. Continuó su camino por una vereda que se había formado del estacionamiento hasta un lugar que no podía ver. Dejó su auto estacionado frente al baño; ya no había más carretera.

El camino lo llevó a la entrada del pueblo. Bienvenido a Cerro Alto, decía un letrero verde y sencillo a mano derecha.

Miró hacia atrás, pero no logró ver el camino que lo había llevado a donde estaba. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, no importa cuánto lo pensara, o cuán inseguro estuviera de seguir, ya no había marcha atrás. Aunque no lo quisiera, no tenía otra opción que entrar a Cerro Alto a buscar a su esposa muerta.

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