II Fantasmas: Prólogo

Estaba arrodillado en el patio de atrás de su casa, empapado y lleno de fango.Su mirada estaba desorbitada, pero su mano derecha sujetaba el revólver con fuerza.

El día había sido muy largo. Estaba exhausto. Para él, todo lo que tuvo sentido en algún momento lo había perdido de la nada. Su vida, su carrera, su familia, su hogar. En ese momento ya no quedaba nada, excepto la noche. Lo único que le quedaba en ese momento era el aire que respiraba y la lluvia que caía.

Era la hora más alta y más oscura de la noche. La luna casi llena lo iluminaba como si él fuera el protagonista principal de una tragedia que estaba por concluir. Su mirada estaba perdida entre los cucubanos que volaban de lado a lado por entre las gotas de lluvia. El ruido de los grillos, que por un momento era ensordecedor, parecía haber invadido su cabeza y ya no escuchaba el resto del mundo, porque ya para él no había mundo.

No podía dejar de pensar en lo que había hecho.

Cuando se esconda la luna y salga el sol se descubrirá la tragedia que había ocurrido esa noche. La tragedia que él provocó. Pero él no tenía la menor intención de ser testigo de cómo éste desenlace verá eventual e inevitablemente la luz del día.

Sus ojos no dejaban de mirar hacia el vacío de la noche. En lugar de la lluvia y los grillos, el ruido que inundó su cabeza fue el de un tumulto desordenado de gente. Una voz sobresalía de todas las demás, como un susurro en su oído.

“Hazlo.”, – Escuchó.

De pronto volvió a escuchar y sentir la lluvia. La voz lo sacó de concentración.

Pero la gente seguía ahí. Seguían hablando. Cada vez con más intensidad.

La razón le decía que era imposible haber escuchado esa voz. SU casa estaba desierta, por la calle no pasaba nadie, pero dentro de su cabeza escuchaba el ruido de decenas de personas hablando a la vez.

Y ya no tan sólo hablaban. Poco a poco comenzaban a reirse. Se estaban burlando de él.

“Hazlo.” – Volvió a decir la voz, esta vez con autoridad.

Miró hacia atrás para ver por última vez la escena; una imagen que no quería llevar por el resto de su vida en su memoria. Cerró los ojos, aturdido, pensando; y en ese instante decidió que sólo había una manera de eliminar ese recuerdo pesado que tendría que cargar mientras respirara.

Sólo faltaban unas cuantas horas para que el sol revelara al mundo lo que él deseaba esconder. No quería estar ahí cuando eso sucediera.

“Hazlo.” – Repitió la voz, esta vez sin autoridad, pero con la seguridad de que él ya estaba prestándole atención y que sabía lo que debía hacer.

Sabía que no debía pensarlo mucho.

Sentía miedo, pero el deseo de escapar era mayor.

Miró el revolver que cargaba en su mano derecha, mientras poco a poco lo levantaba con las manos temblorosas, y lo metía en su boca cerrando los ojos. Sus manos llenas de fango le sudaban a pesar del aguacero.

Cerró sus ojos con fuerza, quizá pensando en que sentiría menos dolor.

“Abre los ojos.” – Le ordenó la misma voz. Él obedeció.

Luego de una estruendosa detonación, se apagó la luz de los cucubanos, la de la luna, y dejó de sentir la lluvia en su piel.

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