Diez Años

Madre mía!

Ya van 10 años de haberme abandonado.

Ya van 10 años de no ver el hombre en el que me he convertido. Sé que estarías muy orgullosa de mi.

Esto de haberte perdido no ha sido fácil. Te he llorado innumerables veces. Te recuerdo todos los días. Te veo todos los días en cada esquina de la casa, inquieta, haciendo, cocinando, limpiando. Mirándome con tus ojos grandes, con tu carita de que nunca tienes prisa.

Pero según van pasando los días, el recuerdo de tu cara, el recuerdo de tu voz, poco a poco se va nublando. Traté, por mucho tiempo, de tener las cosas tal y como las tenías tú. El curio. Las cortinas, los muebles. La mesa del comedor. El baño. No sé por qué, quizá con la idea inconciente de que regresarías y querer encontrar todo como lo dejaste. Quizá con la idea de tenerte presente en la casa, honrar el hogar tal y como lo construiste.

Pero las cortinas y los muebles ya estaban cubiertos de polvo; un polvo que ya había empañado todos los recuerdos tan bonitos que tenía de ti, de nosotros, de la familia. Y cada vez olvidaba más y más los recuerdos que hice contigo. Y lloraba cada vez que desempolvaba una foto, un mueble; se desencadenaba un sinfín de recuerdos borrosos, y te extrañaba más, y maldecía todo porque te fuiste, porque ya no regresarías. Entonces volvía a cubrir todo con polvo; colocaba los recuerdos uno encima del otro junto con una pila de remordimientos, secaba mis lágrimas y seguía andando fingiendo estar bien.

Mi vida pausó esa noche, mi mente quedó estancada en mis memorias contigo.

Y así estuve por años, revolcándome en lo que pudo ser y no fue, en mi nostalgia, y la casa se estaba convirtiendo en mi enemiga. El techo estaba por caerse. Llovía mas dentro que afuera. Luchaba con el montón de porquerías amontonadas, por todas partes,que poco a poco me empujaban y reducían mi espacio. Ya no quería vivir ahí. La misma casa en la que me había criado me atormentaba con la sombra de la melancolía y del recuerdo. Sólo pensaba en salir huyendo de ahí.

Pero mami, tuve que hacer algo. Tenía que salir de ese estado. Tenía que vivir. Sentía que mi vida se había detenido aquella noche junto con la tuya, luego de aquella llamada telefónica notificándome que te habías ido. No quería seguir perpetuando este estado catatónico en el que sólo te recordaba, en el que sólo me lamentaba porque ya no estabas conmigo.

Tantas palabras que se quedaron sin decir. Tantos abrazos que no te di. Tantas satisfacciones que te quería regalar. La muerte me ha negado esa oportunidad cuando te arrebató de mí hace diez años.

Te me fuiste, mami. Te me fuiste para no volver. Ya no volverás a ver los muebles , el comedor, el curio. Ya no cocinarás en la cocina. Ya no me sonreirás como lo hacías, sin motivo. Ya no escucharé tu voz. Ya no me verás crecer, ni madurar.

Han pasado diez años, mami, pero mi vida tiene que continuar. No puedo seguir en este letargo que no me deja sentir la lluvia caer en mi cara, que ya no me deja escribir ni sentir, que ha hecho de mi corazón un témpano de hielo y que casi me ha convertido en un hermitaño emocional.

Te me fuiste, mami, pero ya no te esperaré mas. Por eso pinté las paredes, boté tus muebles y compré nuevos. Quité tus cortinas y también puse otras nuevas. Guardé todas las fotos en uno de los cuartos donde no sea tan fácil verlas. Sé que si estuvieras viéndome, estarías orgullosa de mi.  Te recordaré siempre que pueda respirar, y te honraré cada vez que lo haga.

Te me fuiste, mami, pero ya es tiempo de dejarte ir.

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